La vida nueva

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La vida que conocimos, la normalidad aquella, la de siempre, ya no existe. No existirá más que en los libros, las películas y los recuerdos que conservemos grabados cada uno de nosotros. Lo que teníamos se fue, y tardaremos mucho tiempo en tener otra vida tan nuestra como aquella. Tendremos una diferente, seguramente peor para los que ya hemos vivido bastantes años y no encontramos normalidad posible en esta vuelta a la todavía imposible rutina.

En esta realidad que ahora nos toca, cuesta trabajo dar un paso, consultar una duda, solicitar un documento, vivir relacionándonos como seres humanos y no como entes conectados a una máquina que decide y organiza nuestra agenda diaria. ¿Y cómo vivir con cita previa? ¿Aprenderemos a reconocer algún brillo especial en la mirada digital que se avecina? ¿Será posible acariciarnos a la distancia reglamentaria? ¿Adivinar las sonrisas ocultas tras engañosas mascarillas de colores? ¿Cómo saber si la felicidad está pulsando el uno, el dos, el tres o el cuatro?

Es difícil no dejarse arrastrar por esta nueva realidad impuesta por las circunstancias y agravada por la estupidez de gran parte de nuestros congéneres. Pero la vida es breve, y ahora que tenemos que fabricarnos una nueva, no hay tiempo que perder. No olvidemos que vivir con miedo es ser esclavos, y que en la paciencia, la soledad y el silencio está la fuerza. Por eso, pese a la realidad, resistamos, permanezcamos callados, pensemos, seamos libres. Así quizás la vida nueva será casi, casi, como queramos.

El principito ha vuelto

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Se cumplen 120 años del nacimiento de Antoine de Saint-Exupéry, un autor que me cautivó desde muy joven, cuando leí de un tirón y seguidas tres de sus novelas, “Correo del sur”, “Vuelo nocturno” y “Tierra de hombres”. Tiene otras obras, también muy especiales, pero estas tres son imprescindibles para entender un poco lo que posteriormente en “El principito” intenta decirnos de manera sutil y disimulada entre dibujos infantiles y lenguaje metafórico.

Hace quince años me perdí en el desierto del Sáhara y encontré el camino gracias a un viejo solitario de ojos claros surgido de la nada. Recuerdo que era sencillo como un niño y profundo como un sabio, que vestía un viejo jersey de lana, y que cuando nos despedimos estaba muy triste.
Algo de todo aquello lo conté en un librito titulado “El principito ha vuelto”, un texto que muchos lectores habrán interpretado como una metáfora o como un cuento, aunque todo en él es real.
No intentaré nunca convencer a nadie, porque hay coincidencias difíciles de explicar, pero quise compartir la extrañeza de un principito que ha envejecido en el desierto esperando a su amigo, y que ahora también me espera a mí.
No tardaré mucho tiempo en volver a buscarlo.

El 31 de julio de 1944 cuando el autor de El Principito, Antoine de Saint Exupéry, pilotaba un Lightning P-38 que fue alcanzado por las balas de un caza de la Luftwagge. Había nacido el 28 de junio de 1900 y cayó a los 43 años peleando contra los nazis

“El principito ha vuelto” fue editado por Libros de las Malas Compañías en 2015.
Textos: María Jesús Alvarado.  Fotos: Teresa Correa.

El tiempo no existe

Ver las estrellas en Sesriem la puerta del desierto

Están a punto de cumplirse los cien días de estado de alarma en España a causa del covid-19. Salvo un par de ocasiones excepcionales que me han obligado a salir, para mí son cien días en casa. Me resulta extraño comprobar que podrían ser diez, o cuarenta, o doscientos. No creo que haya mucha diferencia si nuestra mente está ocupada y el ánimo tranquilo. Sin relojes, almanaques, o eventos que regulen los días, la medida del tiempo se hace muy difusa, y nuestra mente deja de controlarlo. Y me gusta esa sensación de atemporalidad, sentir que desaparece la prisa y solo importa la tarea, el momento, el disfrute de ser y estar.
En las noches estrelladas, la contemplación del cielo ayuda a entender mejor la naturaleza inasible del tiempo, su fugacidad etérea, su imposible presente. La enorme paradoja de que mientras la vida avanza con nosotros todo es pasado, tiempo vivido, y solo palparemos el presente cuando nuestro corazón deje de latir.
Ojalá este momento extraño para la humanidad pase pronto y volvamos a disfrutar de la libertad de salir al espacio abierto y relacionarnos con los demás sin miedo. Pero, de cualquier modo, no olvidemos que no importa tanto el tiempo, sino lo que hagamos mientras pasa. Que ni siquiera el brillo de las estrellas es real.

(Foto: Vía Láctea sobre Sesriem en el Desierto de Namib/ Autor: Roger de la Harte)

Mapas interiores

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Hace tiempo publiqué un libro de poemas titulado “Geografía accidental” en el que cada poema lleva título de un lugar del mundo que me había sido importante por algún motivo. Unos más obvios que otros, algunos hablan de lugares que conocí personalmente, otros solo intuidos, aunque no por ello menos reales para mí.
He aprendido que una ciudad o un país es tantos lugares como personas lo visitan o imaginan. Dibujamos líneas con tinta de un color único, surgido de la mezcla de sentimientos, expectativas, prejuicios, dolor, capacidad de sorpresa, sueños, y todo aquello que llevamos en nuestro equipaje cuando afrontamos el viaje, sea este real o imaginario.
Solo compartimos el espacio de un lugar, o el deseo de viajar a alguna parte, pero lo que ese espacio físico o ese deseo suponen, es una experiencia individual, única e intransferible, aquello con lo que cada uno de nosotros construimos nuestro particular mapa interior.
Entender eso convierte el hecho de viajar en algo muy especial que tiene que ver muy poco con desplazarse de un lugar a otro y mucho más con la magia de convertirnos en exploradores de nosotros mismos.

 

TIERRA ADENTRO

Hay un mapa escondido tierra adentro,
un itinerario inusual
que señala atajos y posadas;
y las alas blancas
que sortean el tiempo
me arrastran sin remedio
desde la costa transitada
hasta territorios sin dueño,
paisajes que serán tan míos como estos
que ahora colman mi cabeza
de nombres, líneas, latitudes y rostros;
universos únicos
que se empeñarán en habitarme
mucho después
de haberme ido.

MJA (Geografía accidental, Ed. Baile del Sol, 2010)

Aislados

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Aislados siempre. Para escuchar nuestra voz, saborear la sal de cada día, cultivar la soledad, perfeccionar la delicada línea de la orilla. Aislados, para mantenernos fuertes en la herida inevitable, lejos de la vanidad que flota en los recodos, salpicados los pies de luz y de noches en calma. Aislados y en silencio, para que nada engañe el sonido de la sangre. Islas rodeadas de mundos enteros y perfectos que se saben también islas. Aislados siempre, para no olvidar que somos libres y que nunca hemos necesitado permiso para alzar el vuelo.

Miedo

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Vivir una experiencia de pandemia como la que estamos atravesando exige de nosotros un ejercicio importante de adaptación, altas dosis de paciencia y autocontrol, buena gestión del tiempo, modificación en la manera de relacionarnos tanto con los de dentro como con los de fuera de casa, así como aprender a no dejarnos invadir por los posibles miedos. Miedo al contagio, pero también a las pérdidas económicas, al incivismo, a la mala gestión política, a todo lo que tiene de negativo cualquier situación excepcional grave en la que aflora tanto lo bueno como lo malo del ser humano.

Son días que favorecen la reflexión, y yo me planteo muchas cuestiones respecto al futuro, a cómo será la vuelta a la normalidad. No la mía, sino la del planeta, la del país, y más en concreto la de nuestras islas. Y mi mayor miedo es que cuando esto pase no hayamos aprendido nada.

Canarias es un lugar de especial fragilidad, que ya ha sido gravemente dañado en su paisaje y en su cultura, y que ahora que el mundo entero se ha detenido, tiene la oportunidad de reconstruirse de una manera mucho más respetuosa consigo misma, evitando reincidir en los errores cometidos hasta ahora. ¿Qué islas queremos habitar? ¿Qué cosas podemos hacer para mejorarlas? ¿Cómo conseguir que se conviertan en un lugar autoabastecido, sostenible, autónomo y seguro tanto en lo material como en lo humano?

Creo que eso es lo que más debería preocupar ahora a nuestros políticos. Recuperar nuestra economía, claro que sí, pero de qué manera, con qué objetivos, para qué tipo de vida. Por favor, que recuperar la normalidad no signifique volver literalmente a lo de antes. Porque lo de antes nos ha llevado a donde estamos. Y que no aprendamos nada de nuestros miedos, eso sí que me da miedo.

El nuevo malgareo

OLYMPUS DIGITAL CAMERA Entre las historias y tradiciones perdidas de la pequeña isla de El Hierro se encuentra “el malgareo”, una manera ancestral especial de dar noticias y hacer crítica social, que en realidad se traducía en calumniar, burlarse, o sacar a la luz los trapos sucios de alguien del pueblo.
Se realizaba desde lo alto de alguna montaña, en noches sin luna y disimulando la voz, lo cual permitía el anonimato y facilitaba que el malgareador o malgareadores se sintieran libres de decir lo que quisieran de las personas malgareadas, fuera cierto o no.
Las consecuencias, como podrán imaginar, eran bastante dañinas para quienes, al llegar el día se convertían en destino de miradas y comentarios de todo el pueblo, conocedor de sus andanzas y secretos hasta en los más íntimos detalles.

Me sorprende comprobar que esta cruel tradición, felizmente desterrada desde hace años, se actualiza ahora en los bulos y comentarios dañinos o calumnias que se vierten en determinados medios y en redes sociales.
Iguales características adaptadas a la nueva época: Voces falseadas que nos llegan desde alguna zona virtual inaccesible y amparadas en el anonimato. Cuando llegan al público, el daño ya está hecho.

Luego habrá quien censure la falta de ética del medio empleado, pero habrá quienes den rienda suelta a su bajeza, o simplemente se dejen llevar de su credulidad sin crítica, para mantener y extender el daño ocasionado. Es el nuevo malgareo.

Los tiempos cambian, pero no cambiamos por dentro. En la oscuridad los seres más ruines se sienten libres, y descubrirlos dependerá de la valentía de quienes queramos impedirlo con honestidad y respeto. Por eso, exijamos luz, seamos luz, desterremos el malgareo y dejémosle a nuestros hijos un amanecer sin miedo.

Viajar

A veces las circunstancias no nos permiten subir a un barco o un avión y trasladarnos a un lugar diferente para descubrir o revivir cómo transcurre el tiempo en otro lugar, cómo huele, qué gente lo transita, cuáles son sus pasos, sus voces, sus risas, sus colores. Pero nada puede impedirnos recordar ni imaginar cómo será, ni crear historias con las que disfrutar del mismo modo que lo haríamos si estuviéramos pisando tierra firme en cualquier parte del mundo.

pantalán chiloé

Viajar es vivir otras vidas. Escribir es inventarlas. Y todo lo que imaginamos cobra vida si creemos en ello. Por eso la literatura es tan necesaria, porque la imaginación no solo puede ser tan real como la vida palpable, sino mejorarla, e incluso salvarnos de ella.

Ahora que vivimos días de puertas adentro, es un momento idóneo para que nuestra mente vuele tan lejos como queramos, para confirmar que todo es relativo y que, más allá de las paredes, de los rostros cercanos y del paisaje conocido, está el mundo entero a nuestro alcance.

Que este encierro obligado no nos limite el vuelo.
El mejor viaje está dentro de nosotros.

Empezar por algo

Supongo que no hay normas para comenzar un blog. Así que simplemente diré que creo en el poder de la literatura, el cine, la pintura, la música y el arte en general, para mejorar el mundo. Que un buen poema, una buena película, o una canción, pueden ser más eficaces que el mejor discurso político. Que el único lenguaje que funciona es el que está ligado a las emociones y al deseo de construir algo mejor, tanto si transmite belleza como si nos indigna o nos incomoda. Que el arte sirve si nos hace preguntas o aporta algo nuevo a la visión del mundo que teníamos antes de recibirlo, y que si no va a ser transformador, posiblemente sea mejor dejarlo pasar. Que lo único que importa es dar lo mejor de nosotros, aunque nadie se entere.